La menstruación en Colombia: la desigualdad comienza en el colegio

Escrito por
Maria Fernanda Fitzgerald

Estudiantes asisten a clase en la Institución Educativa Mayor de Mosquera, Colombia.

Una realidad biológica se vuelve desigualdad estructural.

“Me acuerdo que acabábamos de terminar de presentar una obra en el colegio”, dice Dulce. Su voz, tan suave como su nombre, se quiebra un poco al recordar la primera vez que le llegó el periodo en el colegio. En ese momento estaba en noveno; ahora está en décimo, pero ese día se le quedó grabado.

 “Cuando me quité el disfraz después de la obra, estaba completamente manchado. Yo no sabía qué hacer, porque en el colegio nadie me había hablado de esto, y me dio muchísima pena. Después, una compañera me ayudó cuando se dio cuenta de lo incómoda que yo estaba. Siempre se lo voy a agradecer”, dice.

“Ese día me llamaron y me tocó llevarle una muda completa, porque el colegio no tenía nada para ella”, recuerda Katherine, la mamá de Dulce. También se acuerda de que, para que su hija pudiera quedarse ese día, el colegio le exigía usar el uniforme oficial. “No la dejaban entrar a clase sin el uniforme, pero si se iba para la casa, le ponían la falla”. 

Cada mes, el período de Dulce se siente como una prueba. No es solo el dolor fuerte de los cólicos: también es la falta de condiciones en los baños del colegio, que muchas veces están cerrados con llave y no tienen jabón ni papel higiénico. Y pasa también en muchos espacios públicos: el acceso limitado a productos de higiene, la carga emocional que todo esto genera y, por supuesto, el silencio, la desinformación y el miedo a que se burlen por algo que, por falta de educación, se volvió un tabú.

Una estudiante reflexiona sobre su primer periodo. Foto: Violeta Zambrano
Las ausencias se hacen notar en muchos de los salones. Foto: Violeta Zambrano

Para Mariana, una adolescente de 15 años que vive en las afueras de Bogotá, la experiencia le suena demasiado conocida:  “En el colegio tenemos que justificarles a los profesores por qué vamos al baño. A veces me da tanta pena que prefiero esperar hasta el descanso”, dice, recordando el día en que le dieron unos cólicos tan fuertes que se desmayó en clase. “Y aun después de eso, sigo sin sentir que pueda hablarlo con mis profesores”.

Niñas y mujeres en todo Colombia viven el mismo problema cada mes: tener el período se vuelve un obstáculo para las niñas en edad escolar. Esta realidad es especialmente dura: termina en ausentismo y, con eso, aumenta el riesgo de deserción, ampliando la brecha de género que seguirá marcando su futuro.

Según el DANE, una de cada siete mujeres en Colombia vive en pobreza menstrual, es decir, la falta de educación, productos y condiciones adecuadas alrededor de la menstruación genera desventajas en la salud y en lo económico y social. En las mujeres con menores ingresos, esta cifra sube de forma alarmante y puede superar el 90%, sobre todo en regiones apartadas del país.

Las manchas que causan vergüenza. Foto: Violeta Zambrano

Solitas con el dolor

Los cólicos menstruales son mucho más que una molestia: para muchas adolescentes, se vuelven una barrera para ir al colegio. En Colombia, un estudio de UNICEF realizado en 2016 con niñas de distintas regiones encontró que el 86% de las participantes señaló los cólicos como la principal razón para faltar a clases. El mismo estudio reveló que, durante el período, el 40% dijo que le bajaba la capacidad de concentración y el 38,8% evitaba participar en clase por miedo a mancharse o por la incomodidad.

“Muchos profesores ni siquiera nos dejan ir al baño. Y si voy a enfermería a pedir aunque sea una aromática para el dolor, me dicen que no tienen. Por eso muchas veces prefiero quedarme en la casa”, dice Dulce.

Un estudio realizado por la Fundación PLAN en colegios de la región Pacífica de Colombia recogió testimonios de niñas que contaban cómo el dolor las obligaba a salir temprano del colegio o a quedarse en el salón sin poder concentrarse. El estudio mostró un patrón claro: además del dolor, los cólicos se vuelven una forma silenciosa de exclusión. Las niñas están físicamente presentes, pero por dentro están ausentes: desconectadas de la clase, paralizadas por el dolor y sin apoyo. Este testimonio confirma lo que ya sugieren las cifras: el dolor menstrual no es solo un asunto “privado”, sino un tema de salud pública que limita las oportunidades educativas.

Malestares invisibles en el salón de clases. Foto: Violeta Zambrano.
El cuidado menstrual debe ser incluido en la educación. Foto: Violeta Zambrano,

El costo de menstruar

La falta de productos adecuados para la menstruación es un problema grave. En Colombia, según encuestas de UNICEF entre 2023 y 2025, en 2023 el 11,4% de las mujeres reportó dificultades económicas para comprar productos básicos como toallas higiénicas, tampones o copas menstruales. Esta dificultad es todavía más fuerte en los hogares de menores ingresos.

Un estudio citado por Infobae señala que más del 90% de las mujeres de los estratos socioeconómicos más bajos en Colombia no tiene acceso a productos básicos de higiene menstrual. Datos del DANE también muestran que, entre mayo de 2021 y mayo de 2022, 566.000 mujeres en el país tuvieron dificultades económicas para conseguir productos menstruales y al menos 45.000 tuvieron que recurrir a trapos, medias, retazos de tela o ropa usada para manejar su menstruación.

“Esto demuestra que cuando la menstruación ocurre en contextos de vulnerabilidad socioeconómica, comprar productos menstruales se vuelve un gasto adicional”, señala el informe de PLAN.

Ausencia por menstruación

52%
de las niñas en Colombia han faltado al colegio debido a la menstruación.

(Buitrago, 2024)

,

Asequibilidad de los productos menstruales

15%
de las niñas y mujeres en Colombia que menstrúan no pueden pagar los productos menstruales.

(DANE, 2022)

“En el colegio de Dulce una vez intentamos recoger algo de plata para instalar una máquina dispensadora de toallas higiénicas”, recuerda su mamá. “Pero cuando ya íbamos a implementarla, el colegio se negó a seguir, diciendo que eso no era necesario y que esa plata se podía invertir mejor en otras cosas”.

En Colombia, el 32% de la población sobrevive con 25 dólares a la semana o menos (DANE), mientras que el acceso a productos menstruales sigue siendo limitado y costoso. Los tampones en Colombia suelen costar US$4,40, y las toallas higiénicas, en promedio, US$3,50 por paquete: un gasto mensual que se va acumulando para muchas mujeres.

Aunque las copas menstruales reutilizables pueden ser más económicas que los productos desechables, no siempre son intuitivas, pueden sentirse invasivas y requieren privacidad y mantenimiento frecuente, algo difícil para estudiantes. Las toallas reutilizables, aunque son más fáciles de usar, se pueden correr de su lugar y necesitan lavarse y secarse con regularidad, lo cual no siempre es práctico en un entorno escolar.

La ropa interior menstrual, aunque al inicio puede costar un poco más, es más fácil de usar, más cómoda y puede durar años, lo que la convierte en una opción muy práctica y, con el tiempo, más costo-efectiva. Sin productos menstruales, muchas niñas en colegios de Colombia se sienten expuestas y viven con la preocupación constante de mancharse. Varias prefieren no ir al colegio esos días o se salen antes. La pobreza menstrual no es una barrera abstracta: es un obstáculo real que limita la participación de las niñas en la educación.

Sin infraestructura, no hay dignidad.

Muchos colegios y otros espacios públicos en Colombia no cuentan con baños seguros, privados y en condiciones sanitarias. Para vivir el período con dignidad, las estudiantes necesitan baños limpios, con agua, jabón y canecas para desechar los residuos. Pero UNICEF advierte que muchos colegios del país no cumplen con esos mínimos, lo que obliga a varias niñas a faltar a clase en los días en que simplemente no tienen dónde resolver sus necesidades.

“En mi colegio no encuentro algunas de las cosas básicas que necesito cuando me llega el periodo. Casi siempre trato de usar toallas, aunque muchas veces me irritan. Me toca, porque cuando intenté usar copa menstrual me di cuenta de que no hay baños individuales (solo compartidos), entonces no tenía dónde lavarla antes de volver a usarla”, cuenta Mariana sobre su experiencia.

Datos de UNICEF muestran que, en zonas rurales y apartadas, más de una de cada cuatro niñas ha faltado al colegio al menos una vez por no poder manejar su período en la institución. Además, el DANE reporta que más de 300.000 mujeres en Colombia no tienen acceso a baños privados, agua limpia o elementos básicos de higiene. Aunque existe una iniciativa del Gobierno para mejorar la infraestructura sanitaria en los colegios, todavía falta mucho para que cada institución pueda ofrecerles a las niñas las condiciones que necesitan.

A pesar de la iniciativa del gobierno para mejorar las instalaciones sanitarias de las escuelas, aún queda un largo camino por recorrer antes de que todos los colegios puedan ofrecer a las niñas la infraestructura que necesitan.

Un grupo de amigas disfrutando su recreo antes de volver a clases.
Una mancha de simboliza la fortaleza de todas las niñas. Foto: Violeta Zambrano

El silencio se convierte en estigma

El silencio alrededor de la menstruación pesa mucho. En Colombia, la falta de conversaciones abiertas y honestas está relacionada con que muchas niñas no reciben la educación necesaria sobre su cuerpo.

Según Fundación PLAN, casi el 90% de las niñas en comunidades vulnerables no tienen conocimientos básicos sobre la menstruación antes de que les llegue por primera vez. El mismo estudio encontró que más del 30% de las niñas en edad escolar se sienten incómodas o les da pena hablar del tema. Y no es solo un asunto económico: distintos estudios muestran que muchas niñas viven su primera menstruación con vergüenza o desde la desinformación. En zonas rurales o apartadas, una encuesta de UNICEF encontró que una de cada tres niñas no sabía qué era la menstruación antes de vivirla por primera vez.

Conocimiento sobre la menstruación

34.8%
de las niñas colombianas no sabía nada sobre la menstruación antes de tener su primer periodo.

(UNFPA/UNICEF, 2016)

,

Estigma en torno a la menstruación

30%
de las niñas colombianas se avergüenza de hablar sobre la menstruación.

(Fundación Plan, 2019)

Amigas comparando notas de su último examen. Foto: Violeta Zambrano
Niños pensando si va a llover o no. Foto: Violeta Zambrano

Esta falta de información se agrava por actitudes conservadoras (muy arraigadas en Colombia) frente a las mujeres, la sexualidad y el cuerpo. En muchas comunidades, hablar del ciclo menstrual se ve como algo “inapropiado” o demasiado privado, asociado a ideas de recato y “pureza” que frenan la conversación abierta. Estos códigos culturales, atravesados por enseñanzas religiosas y normas patriarcales, refuerzan el tabú: la menstruación no es solo un hecho biológico, también queda atrapada en un silencio moral.

Como resultado, muchas niñas interiorizan la vergüenza incluso antes de que les llegue el periodo, sin palabras ni espacios seguros para preguntar. Ese silencio y la falta de educación generan estigma, aislamiento y miedo, y les impiden entender algo básico: que menstruar es natural.

“Yo nunca me he sentido lo suficientemente cómoda como para pedirle ayuda a un profesor cuando estoy con el período”, dice Dulce. “Prefiero pedirles a mis compañeras, pero solo lo hago si no me queda de otra”.

Del aislamiento a la ausencia

El estigma alrededor de la menstruación puede convertirse en burla y matoneo por parte de compañeros, y eso golpea directamente el bienestar emocional de las niñas. En Colombia, el 23% de las estudiantes reportó ser víctima de bullying de manera frecuente. Aunque no hay cifras exactas sobre qué porcentaje de ese acoso está relacionado específicamente con la menstruación, una tasa tan alta crea un ambiente en el que visibilizar algo tan natural como el periodo puede volverse motivo de pena o ridículo.

Faltar a varias clases tiene un efecto acumulativo: se dificulta ponerse al día, bajan las notas, se agrandan las brechas con el resto del curso e incluso puede llevar a la deserción. En Colombia, un estudio de UNICEF (2023) encontró que una de cada cuatro niñas en la región rural del Pacífico había faltado al colegio al menos una vez por razones relacionadas con su periodo.

Matrimonios infantiles según el nivel educativo

61%
de las mujeres colombianas con solo educación primaria se casaron siendo menores de edad.
,
20%
de las mujeres colombianas con educación secundaria se casaron siendo menores de edad.

(UNICEF, 2023)

,

Ingresos basados en la educación

3.3k COP
Salario medio por hora de las mujeres colombianas con solo educación primaria.
,
4.5k COP
Salario medio por hora de las mujeres colombianas con educación secundaria.

(DANE, 2022)

Desigualdad que dura toda la vida

Menstruar en condiciones adversas se convierte en otro factor más que limita el potencial de las niñas en Colombia, entre otras dificultades que conlleva ser mujer. En Colombia, la desigualdad económica entre mujeres y hombres es evidente y afecta las oportunidades de las mujeres.

En 2024, el 11,5% de las personas que vivían en hogares privados se encontraban en situación de pobreza multidimensional, una tasa que se eleva al 24,3% en los pueblos pequeños y las zonas rurales dispersas

Esperando que abran el salón para entrar a clase. Foto: Violeta Zambrano
Amigas echando chisme en recreo. Foto: Violeta Zambrano

De la conversación a la política

Un primer paso para mejorar la situación sería reconocer la educación menstrual como un derecho. Los programas en el colegio y en la casa que abordan el tema desde lo biológico, lo emocional y lo social ayudan a que las niñas entiendan su cuerpo como algo natural y sano. Al mismo tiempo, las campañas de sensibilización y empoderamiento pueden abrir la conversación, bajar el estigma y normalizar lo que durante tanto tiempo se ha mantenido en silencio.

La infraestructura también es clave: colegios con baños privados y bien dotados pueden marcar la diferencia entre ir a clase y quedarse en la casa. Pero estos cambios no serán suficientes sin políticas que garanticen el acceso universal a productos menstruales, financien mejoras en los colegios e integren la salud menstrual en agendas más amplias.

Reconocer la menstruación como un tema de dignidad y equidad es el único camino para asegurar que ninguna niña pierda oportunidades por un proceso natural de su cuerpo. Para Dulce, todo se resume en voluntad: “Yo creo que si la gente hablara del tema con más calma, todo sería más fácil. Si los profesores no preguntaran por qué vamos al baño, si dejaran las puertas sin candado, si hubiera papel higiénico. Yo sé que son cosas básicas, y se pueden implementar tan fácil”.

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